Ruta 66

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Anthrax: heterodoxia siderúrgica

El caso de Anthrax es atípico a la par de injusto. Atípico porque aunque comenzaron en su primer disco como una banda de heavy metal estándar (muñequeras de pinchos y cinturones de balas incluidos), pronto se decantaron por un rock duro de raíz hardcore —género hacia el que nunca ocultaron su admiración— que, a falta de otra etiqueta mejor y con el consentimiento de los interesados, enseguida se calificó de thrash metal, movimiento que emergió en 1983 a consecuencia del álbum debut de Metallica y de cuya adscripción Anthrax supieron extraer un enorme partido. Injusto, porque una vez pasada la resaca del cebollón thrash, los chicos que nos ocupan se vieron relegados a un semiolvido dictado por las absurdas leyes del mercado y del que aún hoy luchan por salir.

Anthrax nacieron en 1981, liderados por Scott Ian, talentoso guitarrista cuyo padre había cantado coros con Simon y Garfunkel y  muy alejado de los cánones metálicos al uso, un hombre que hacía pública su admiración por géneros tan extraños al heavy como el hardcore, el punk o el rap, y que supo rodearse de un equipo de competentes instrumentistas y brillantes compositores: entre ellos, el bajista Frank Bello y el batería Charlie Benante, con los que conformaría el núcleo del grupo, que se ha mantenido invariable casi hasta la actualidad.

Anthrax dieron boleto a su primer cantante, Neil Turbin, y al bajista Dan Lilker para sustituirlos por Joey Belladona y el mencionado Frank Bello. Lo curioso es que Belladona, el vocalista con quien alcanzarían las cotas más altas de éxito, provenía de bandas que ensayaban versiones de mastodontes AOR como Journey. A pesar de ello, Joey se adaptó a la perfección a las pretensiones de Scott, y con su peculiar estilo supo imbuir a Anthrax de un mínimo de melodía de la que carecían contemporáneos como los primeros Metallica o los apisonantes Slayer. Haciendo la guerra por su cuenta, el bajista original Lilker se decantaría por terrenos más duros que le llevaron desde el thrash metal radical de Nuclear Assault hasta el cenagoso grindcore de Brutal Truth. Por su parte, Anthrax publicaron un mini elepé, «Armed And Dangerous» (1985), y un disco, «Spreading The Disease» (1986), que no pasaron inadvertidos para la creciente armada de fans que seguían con atención desde la bahía de San Francisco (a la sazón, meca del thrash metal) los acontecimientos relacionados con  la banda.

AnthraxY no era para menos: aunque objeto de una pobre producción, «Spreading...» incluía un himno menor del hard sin etiquetas, «Madhouse», tema que se convertiría de forma instantánea en una de sus señas de identidad y que fue publicado en single junto con una apabullante versión de «God save the Queen» (en una época, los 80, en la que los terrenos punk y heavy estaban sólidamente demarcados por valladares más enraizados que los cimientos de las pirámides de Egipto). No sólo en eso rompieron barreras: los chicos de Scott hicieron pronto gala de un sentido del humor que los alejaba de la pose de niños duros de las luminarias del metal: frente a las muñequeras, los himnos de parvulario y la actitud cerril del fan medio, Anthrax opusieron una estética basada en las bermudas y camisetas coloreadas con la que buscaban de modo consciente el alejamiento de los cánones satánicos de pegolete a los que con estúpido entusiasmo se han arrimado desde siempre los metaleros radicales.

EUFÓRICOS Y PERSISTENTES
Durante la década de los 80, Anthrax publicaron una serie de álbumes imprescindibles, gemas preciosas de sustrato granítico en una época en la que el metal aún no había caído en la perogrullada. Estos discos, «Among The Livin’» (1987), «State Of Euphoria» (1988) y «Persistence of Time» (1990), marcan el ascenso de la formación a los primeros puestos de una escena liderada por ilustres vehículos blindados de demolición, arietes de plúmbea amalgama como los mencionados Slayer, Metallica o los tremendos Megadeth. Pero a diferencia de estos popes de la metalurgia radical, Anthrax lucharon siempre por marcar un estilo propio, y eso los convirtió en pioneros avanzados de la escena rap metal que en la década de los 90 llevarían a la popularidad los correctos Biohazard o los sobrevalorados Rage Against The Machine. Se produciría este atípico fenómeno gracias a la edición (en 1987) del single «I’m the man», ingeniosa e irónica mezcla de riffs metálicos con parrafadas raperas que los acercaban a lo que estaban haciendo por entonces Beastie Boys: los miembros del grupo intercambiaban sus instrumentos y en formato de trío vocal Scott y sus adláteres se desmarcaban por completo de la ortodoxia heavy en una fiesta de desenfado inédita hasta entonces: con sus bermudas anchas, sus enormes carteles con la palabra ‘’NOT’’ y un sentido del humor extraído de los comics anglosajones underground, Anthrax abrieron camino a las bandas que hibridaban el hardcore de Cromags con el metal, en un estilo que, a falta de otro nombre mejor, los periodistas musicales bautizaron como crossover.

Mientras tanto la banda se había convertido en un fenómeno de masas: con «State...» se encaramaron al puesto 30 de las listas de EE.UU., en un espectacular salto que los llevó del apadrinamiento por parte de Jon Zazula (Johnny Z, mentor de los grupos thrash) y de Ross The Boss (a la sazón guitarra de Manowar y hoy en los renovados Dictators, que llegó a producirles varios temas primerizos), a compartir cartel en Europa con las estrellonas Iron Maiden, a quienes vapulearon sin piedad en la gira de su disco más popular de la era Belladona, «Persistence Of Time» (1990), número 24 en las listas americanas. Era tanta su popularidad que al igual que Metallica con «Last caress» de Misfits, Anthrax hicieron propia una pegadiza canción de Trust, oscuro grupo francés de heavy-metal que nunca se comieron un colín. La canción, «Antisocial», apareció en el magnífico «State Of Euphoria» y fue de inmediato acogida por el público como un tema identificativo y estrella de su brillante repertorio.

No es exagerado afirmar que Anthrax gozaban de un don especial para las versiones. En «Persistence...» incluían una estupenda adaptación de «Got the time» de Joe Jackson, y en el último de la etapa Belladona, el recopilatorio de rarezas «Attack Of The Killer B’s», se tiraban el moco con la inmortal «Pipeline» que ya trabajaron otros ilustres rockistas como Hanoi Rocks, Stevie Ray Vaughan y Dick Dale. Más cercanas a su heterodoxa percepción del espectro musical eran las adaptaciones de «Sabbath bloody sabbath» de los chicos de Ozzy, y el abracadabrante «I’m eighteen» de Alice Cooper, tema este último que grabaron con su primer voceras Neil Turbin. Pero es con «Bring the noise» de Public Enemy, publicado en el antedicho disco de rarezas, donde el grupo se sale por la tangente y desbarata el andamiaje de prejuicios erigido durante los 80 por los entusiastas del constreñido redil metálico. Tanto es así, que no sólo interpretaron un vídeo del tema a pachas con los negratas de Public Enemy, sino que ambas formaciones se embarcaron en una gira conjunta que pretendía reunir las aficiones de dos sonidos tan dispares.

Al igual que lo sucedido a la mayoría de  sus camaradas thrásicos y al movimiento sleaze, la era grunge marcó el inicio del declive popular de Anthrax, pero a diferencia de los grupos de su generación, que no supieron o no pudieron adaptar su propuesta y bagaje musical a las exigencias de los nuevos tiempos, Anthrax combatieron los vientos desfavorables con una (inesperada) actualización de su sonido, circunstancia que coincide con la entrada en el grupo de John Bush, garganta de altos vueltos que procedía de Armored Saint, ilustres desconocidos del metal yanqui ochentero con quienes acababa de publicar el imprescindible «Symbol Of Salvation». Después de un breve inciso con Marc Osegueda de Death Angel en las voces, Bush —que había declinado unos años antes unirse a Metallica— sustituyó a Belladona, quien inició una carrera en solitario de mínimo impacto popular, sumergido de lleno en un heavy estándar muy alejado de sus anteriores logros.

Por el contrario, Scott Ian y sus huestes iniciaron la nueva etapa con uno de las trabajos más impresionantes del hard atemporal, «Sound 0f White Noise» (1993), colosal demostración del poder regenerativo de unos músicos que se resistían a quedar eclipsados por la supernova Nirvana. «Sound...» muestra a un grupo en pie de guerra, inspirado tanto en los temas potentes como en el increíble medio tiempo «Black Lodge». Pero «Sound...» se convertiría en el último éxito importante de Anthrax (llegó al número 7 en EE.UU.). Para el siguiente, «Stomp 442» (1995), habían sufrido la baja del diminuto y musculoso guitarra Dan Spitz, a quien a partir de ese momento se le pierde la pista, y el grupo inicia un declive comercial —que no creativo— que  culminaría en 1998 con el combo firmando por la independiente Ignition, con quienes publicarían el magnífico «Volume 8».

AC/DC VS. SONIC YOUTH
A estas alturas, Anthrax se habían convertido en una banda que publicaba excelentes trabajos pero a la que los viejos fans habían dado la espalda. Mientras algunos ceporros palanganas del nu metal —que debían mucho al camino abierto por Scott Ian—  engrosaban sus cuentas bancarias merced a un collage que hacía cómplices sus nulos méritos artísticos con el empanamiento mental del público adolescente, Anthrax volvieron a las giras de supervivencia por pequeños locales teloneando a conspicuas formaciones como Motorhead o a los mediocres Soulfly (devaluado seudópodo de los en otro tiempo impresionantes Sepultura). La falta de atención del público irá traduciéndose a lo largo de la década pasada en mayores periodos de silencio entre álbum y álbum. Compárese el frenético ritmo de lanzamientos en los 80 con la ralentización de la era John Bush. Así, no es hasta el año 2003 que la banda vuelve a la carga con «We’ve Come For You All», disco que no los saca del  semianonimato pero los devuelve a los escenarios del sandunguero mundo metálico donde comparten cartel con grupos que en un mundo cabal debían haberles rendido pleitesía.

«We’ve Come...» es hasta ahora la última entrega de estos aguerridos muchachotes, un disco redondo se mire por donde se mire, recomendable para todo aquel que quiera acercarse a unos músicos que, como ya dijo alguien, aunaban en un solo trabajo a AC/DC y Sonic Youth. «We’ve Come For You All» es la continuación lógica a una carrera musical cargada de aciertos en lo artístico y resbalones en lo logístico, la muestra evidente de que no basta el talento, de modo que mientras estrellonas como Metallica, que perdieron el norte y la inspiración años ha, revientan estadios —y hacen el ridículo con sus estúpidas declaraciones de admiración a Oasis—, la banda de Scott Ian ha de conformarse con la inaceptable segunda fila a la que el tiempo y las circunstancias la han relegado.

Texto: Emilio Morote

Publicado en Ruta207, julio 2004.

 

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